martes, 15 de septiembre de 2009

LA EDUCACIÓN RURAL.

El sector rural ha permanecido en un estado de marginalidad en América latina. Modelos de desarrollo urbano han sido traspasados a este sector desconociendo por completo la cultura y saberes propios del campesino, quien mantiene una estrecha relación con el entorno, difunde mayor armonía con los recursos de la naturaleza, demuestra mayor habilidad y capacidad de ejecutar labores propias del campo, la estructura mental es diferente a la producida por la vida urbana pues la gestación del pensamiento rural se fundamenta en la propia experiencia del saber hacer, generada por la relación directa con la naturaleza.

En la sociedad rural los intereses por mantener un “status” están ligados específicamente con el quehacer diario y a través de procesos de socialización los cuales están condicionados por la dispersión de la población y por el hecho de la confrontación individual con el medio natural para obtener la subsistencia; así como la conformación de la estructura familiar que se ve sujeta a la valoración personal de familia y ayuda mutua.

Tradicionalmente se ha concebido lo rural como espacios que mantiene una población alejada, en condiciones de baja calidad de vida comparada con la población urbana y dedicada únicamente a actividades agropecuarias; lo que no se sabe es que estos espacios rurales permiten generar procesos productivos, culturales, sociales y políticos que ligan a las poblaciones no solo al campo y a los centros poblados sino a las mismas cabeceras urbanas.

La tierra es la base de la organización de la producción básica rural y esto permite el desarrollo de los sectores productivos ya sea como despensa o como fuentes para la industria, también constituye una fuente histórica y sociocultural ya que los quehaceres netos del campo están ligados a múltiples visiones culturales ancestrales que atribuyen significados de sagrado. También lo rural ha sido considerado como el espacio donde se consolida de una mejor manera la vida comunitaria, sin embargo en la actualidad estos espacios han sufrido grandes transformaciones debido especialmente a factores de violencia.

Es ahí donde la educación debe aportar aspectos significativos de conocimiento, dirigiéndose a la búsqueda de soluciones concretas a los problemas y necesidades que viven las diferentes comunidades e involucrando a los individuos dentro de su contexto para fomentar la autogestión y la participación. Se entiende por proceso educativo la asimilación que el ser humano, o una comunidad hace de su entorno vital, apropiándose de elementos conceptuales y metodológicos para lograr mejores competencias en la adecuación o aplicación de sus conocimientos, generando acciones que le permitan transformar su realidad o responder a los retos que la permanente transformación de la sociedad exige.

La institución educativa así como los contenidos que se transmiten, expresan las relaciones de poder que se dan en el seno de la sociedad. Ni su acción ni el conocimiento son neutros, todo lo contrario, tienden a perpetuar la sociedad donde se inscribe; la educación como proceso e institución, para cumplir su misión socializadora utiliza su postura epistémico tradicional (se ocupa de la definición del saber y de los conceptos relacionados, de las fuentes, de los criterios, de los tipos de conocimiento posible y del grado con el que cada uno resulta cierto; así como de la relación exacta entre el que conoce y el objeto conocido) para transmitir el cuerpo cognoscitivo e ideológico, el cual se considera como el único valido y aceptado en nuestro quehacer pedagógico Colombiano.

EDUCACIÓN Y APRENDIZAJES PRODUCTIVOS

Prospectiva para el desarrollo de Aprendizajes Productivos.

Ante las expectativas de los padres de familia por encontrar para sus hijos e hijas una formación más pertinente con sus realidades socio-económicos y más consecuente con las demandas del mundo contemporáneo y futuro, especialmente respecto al costo de oportunidad, se viene planteando un interesante debate sobre el problema del sentido de la formación escolar y sobre la posibilidad de que la Institución educativa en los niveles básico y medio, forme niños, niñas y jóvenes con “espíritu” emprendedor y pensamiento productivo; por lo tanto, la posibilidad de reorientar el currículo de estos niveles educativos de la formación de lo que se viene denominando, una mentalidad para la “productividad”.

Desde tiempo atrás algunos sectores sociales venían planteando el problema sin haber logrado vulnerar significativamente la tradición educativa; al parecer, el interés estaba centrado en problemas de aprendizaje de las disciplinas y, un poco, en la formación de valores, más que en cualquier otro aspecto. Si bien, muchas instituciones educativas habían manifestado en su misión, visión y objetivos el propósito de formar a un ser humano integralmente, pareciera que el concepto de integralidad no tuviera en cuenta, en la gran mayoría de los casos, dimensiones fundamentales del ser como la política, la volitiva, la sensitiva, la económica o productiva, entre otras. Muchas veces las dimensiones humanas son mencionadas formalmente en la parte normativa de los proyectos institucionales pero en la ejecución del currículo no tienen la presencia requerida, la tradición en la formación lineal disciplinar sigue denominado la organización curricular y el espíritu escolar; en la realidad educativa la formación pertinente sigue siendo una quimera.

Hoy, la idea de formación integral del ser humano se viene enriqueciendo significativamente y, en esa medida, crecen las expectativas en torno a la organización de instituciones educativas más proactivas y propositivas que garanticen mejores posibilidades de desarrollo humano en todos los sentidos de la palabra. La escuela que demanda la sociedad para proyectar un futuro con más posibilidades de satisfacciones personales y de bienestar social, debe garantizar que los niños, niñas y jóvenes tengan la oportunidad de formar su ser en todas las dimensiones. Ya no es suficiente formar solo la parte cognitiva y mucho menos centrar el desempeño pedagógico solo en la parte informativa del conocimiento; la cuestión va mucho más allá, se trata de asumir ámbitos de formación que históricamente la escuela había mantenido al margen de su misión y que por lo tanto no había trabajado ni pensado.

En la actualidad, la institución educativa está llamada a formar personas con mentalidad estratégica, pensamiento crítico, visión de futuro y gran capacidad de desempeño creativo, autónomo y productivo; igualmente, ciudadanos responsables que desde su ámbito local, regional y nacional se piensen como individuos y como sociedad en el contexto de la dinámica mundial.

Los desafíos producidos por el desarrollo de la humanidad en todos sus frentes, le exigen a la escuela nuevos sentidos de actuación e intervención y, por ende, otros pensamientos organizacionales, direccionales y pedagógicos capaces de responder con calidad a esa responsabilidad social e histórica. Por ejemplo, el futuro le plantea retos que generalmente se inscriben en ambientes por construir, comprometiéndola en la formación de personas que sean capaces de situarse estratégicamente en el devenir, de sortear con éxito situaciones no previstas, de proyectarse en el tiempo; es decir, jóvenes con una fuerte racionalidad histórica, potenciadora de la actuación en esos escenarios proyectados, complejos e indeterminados. En la medida que la Escuela asuma este reto, estaría formando un talento humano situado racionalmente tanto espacial como temporalmente, con una mentalidad capaz de intervenir con autonomía y propiedad en escenarios presentes y futuros, definidos e indefinidos.

En consecuencia, le corresponde hoy a la escuela diseñar con los y las estudiantes, en el marco de la discusión sobre las dinámicas universales y regionales: el hombre y la mujer que queremos, la sociedad que queremos, la región que queremos, el País que queremos, el planeta que queremos y la organización escolar que necesitamos; de tal forma que vaya creciendo en ellos y ellas su autonomía, su proyecto de vida y su compromiso consigo mismo y con la sociedad.

¿QUÉ HOMBRE O MUJER QUEREMOS?

Seguramente, el hombre o la mujer del futuro próximo, por lo menos en América Latina, deberá caracterizarse por poseer las capacidades necesarias para desempeñarse solventemente en las dinámicas económicas, sociales y culturales, bajo un mundo que se globaliza cada vez más y que asume permanentemente nuevos escenarios de actuación. Tendrá que contar con referentes claros de acción que le brinden seguridad y sentido a su quehacer dentro de un proyecto histórico; con un uso más intensivo de la razón; con una disposición fuerte a la iniciativa, la creatividad y la acción estratégica; con un buen desarrollo de afectividad como parte vital de su ser en procura de la construcción de felicidad y de relaciones consecuentes con los demás; con una voluntad bien formada y con una visión y compromiso político definido. Además, deberá contar con una disponibilidad de conocimiento técnico que le permita acceder a los servicios de comunicación y de aprendizaje que van brindando la telemática y demás medios modernos.

¿QUÉ SOCIEDAD QUEREMOS?

De igual forma, la sociedad del próximo futuro no podrá ser otra cosa que un colectivo que seguirá actuando mediante prácticas comunicativas, de interacción y de trabajo, en procura de satisfacer necesidades de todo tipo producidas especialmente por el desarrollo de mismo conocimiento, pero en escenarios nuevos y diferentes. Los avances científicos y tecnológicos, los intereses económicos, las tensiones políticas que se generan entre pueblos y países, las culturas con sus tendencias históricas y sus expectativas, irán generando diversas dinámicas sociales que configurarán, a través del tiempo, nuevos escenarios sociales.

Se supone, desde una perspectiva ideal, que en todos esos escenarios la sociedad deberá estar más comprometida con el mejoramiento de las condiciones básicas de bienestar social; con el desarrollo de acciones planificadas, consecuentes con las posibilidades y expectativas; con la generación de diferentes y mejores espacios para el ejercicio de lo político, lo sociocultural y lo económico; entre otros asuntos, de tal forma que se refuerce el desarrollo de la justicia, la dignidad, la solidaridad y el respeto como mecanismos para el desarrollo de proyectos sociales sostenibles, en el marco del desarrollo humano.

¿QUÉ REGIÓN QUEREMOS?

Para asumir este desafío es importante preguntarse sobre, ¿Qué entendemos por región?
Desde la perspectiva geográfica, la región se viene entendiendo como una unidad territorial con características de convergencia en torno a factores de carácter natural como un valle, una sabana, etc., y de carácter cultural o humano como un proceso histórico de ocupación, o de articulación económica o de organización social, entre otros. Doullfus (1976) define la región como “una porción de territorio organizada por un sistema, y que se inscribe en un conjunto más vasto. Esto último se refiere a la importancia de ver la región inserta en un macrosistema que puede ser el país, el continente o el hemisferio”. Según Méndez u Molineros (1984) las características de una región se pueden sistematizar en los siguientes aspectos:

“Toda región supone un territorio delimitado y continuo caracterizado por una combinación de elementos físicos y humanos que le otorgan una personalidad propia y diferenciada.

La región es un espacio cohesionado, estructurado, por la existencia de interrelaciones entre los elementos que la componen.

El grado de organización interna de una región varía de acuerdo con a cohesión que le otorgan sus actividades y su intercambio con el exterior.

La región es una realidad observable a diferentes escalas: según el grado de detalle que se analice, es posible dividir a la región en muchas subregiones.

Cada región se diferencia de las restantes por discontinuidades o áreas de transición. Es por esto que en la región se puede distinguir un área central o el “corazón” de la región, en donde sus características se dan en forma nítida y bien definidas; y otras áreas, en donde estas características se van desdibujando progresivamente hasta confundirse con aquellas de la región vecina”.

En algunos ámbitos educativos Colombianos se ha venido trabajando la noción de regiones, como esos escenarios que generalmente tienen identidad perdurable, en donde sus pobladores establecen relaciones de interacción, determinadas o condicionadas por factores de tipo geográfico, económico, social y cultural; pueden tener una identidad étnica o cultural, entre otras. Estas regiones corresponden a grandes, medianos o pequeños territorios, generalmente con desarrollo desigual. Según las características de la región, la institución educativa asume un menor o mayor significado frente a las expectativas de desarrollo.

Se espera que en pocos años las regiones Colombianas sean escenarios que brinden seguridades y posibilidades para la generación de alternativas de trabajo, fundadas en organizaciones y en sistemas productivos y comerciales que a su vez, se constituyan en escenarios para alimentar la idea de la productividad como condición para el desarrollo con bienestar social.

¿QUÉ PAÍS QUEREMOS?

Como es lógico, esta pregunta arranca en todas las personas ideas, deseos, propósitos, aspiraciones, compromisos, sentimientos, etc., que desbordan el interés de este trabajo. No obstante, se trata de dejar señalado algún referente que le sirva a la Institución educativa como idea base para la formulación de su Proyecto Educativo Institucional; y no puede haber uno o más concreto que el artículo 1º de la Constitución Nacional, cuyo texto dice:
“Colombia es un estado de derecho, organizado en forma de república unitaria, descentralizada, con autonomía de sus entidades territoriales, democrática, participativa y pluralista, fundada en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran y en la prevalecía del interés general”

Claro está, como puede verse, el artículo se encuentra redactado en presente y, por lógica gramatical, no correspondería a un estado deseado; pero si se contrasta con las diferentes realidades que configuran la complejidad del País, podrá constatarse que buena parte del texto asume significación de estado deseable. Por esta razón, le corresponde a la escuela trabajar por la formación de los ciudadanos y ciudadanas que hagan posible convertir en hecho real todo lo que el artículo expresa.


¿QUÉ PLANETA QUEREMOS?

Teniendo en cuenta que la vida está pasando de lo local a lo global y, por ende, que el referente de actuación de la persona se mueve también en el ámbito de lo planetario, el propósito de formación se circunscribe también, en esta dimensión. Es por esto que la Escuela debería asumir debates como los planteados por Michel Serres en su libro “El contrato Natural”, veamos: “pregunta: Pero ¿Quién inflige al mundo, enemigo común en lo sucesivo, esos daños que aún confiamos que sean reversibles, ese petróleo vertido al mar, ese óxido carbónico evaporado en el aire por millones de toneladas, esos productos ácidos y tóxicos que vuelven con la lluvia... de donde proceden esas basuras que ahogan de asma a nuestros hijos y que cubren nuestra piel de postillas?, ¿Quién más allá de las personas privadas o públicas?, ¿Quién más allá de las enormes metrópolis, simple número o conjunto de vías?

Igualmente, la discusión sobre propuestas del mismo autor, como la siguiente:

“...añadir al contrato exclusivamente social, el establecimiento de un contrato natural, de simbiosis y reciprocidad, en el que nuestra relación con las cosas abandonaría dominio y posesión por la escucha admirativa, la reciprocidad, la contemplación y el respeto, en el que el conocimiento ya no supondría la propiedad, ni la acción, el dominio, ni éstas, sus resultados o condiciones estercolares. Contrato de armisticio en la guerra objetiva, contrato de simbiosis: el simbionte admite e derecho del anfitrión, mientras que el parásito – nuestro estatuto actual-condena a muerte a aquel que saquea y que habita sin tomar conciencia de que en un plazo determinado, él mismo se condena a desaparecer”

¿De qué forma la escuela participaría en a construcción de ese contrato natural? Y, por tanto, ¿Qué tipo de educación escolar se debe brindar?

Ahora bien, frente a éstos grandes desafíos de formación en contexto: temporal, espacial, teórico y pragmático, y ante la indeterminación e incertidumbre de los escenarios futuros, otra importante pregunta que se plantea es:

¿QUÉ ORGANIZACIÓN ESCOLAR REQUERIMOS?

En la actualidad se presupone que la base de las posibilidades de éxito de una organización educativa es el trabajo en torno a su proyecto Educativo Institucional, siempre y cuando haya sido elaborado con la participación de todos los actores bajo los requerimientos de una planificación orientada por paradigmas y teorías consecuentes con las realidades de la evolución institucional y sus contextos educativos. Solo así podrán situar a sus estudiantes racional y emocionalmente en la dinámica y complejidad del mundo; solo así podrán brindarles las herramientas necesarias para asumir las estrategias necesarias en la construcción de su proyecto de vida.

Hoy, se requieren instituciones educativas que en el orden del desarrollo organizacional asuman acciones como:

La Planificación como una constante de su trabajo; no es consecuente que se asuman retos de desarrollo educativo institucional desde la ignorancia de sus posibilidades.

La tarea de reconocerse a si mismas, que se conozcan como entidad, como organización, en su misión y visión, con el fin de poder valorar sus alternativas de actuación desde el reconocimiento de sus fortalezas y debilidades.

Reconocer objetivamente las demandas de interacción de la escuela con los escenarios socioeconómicos locales, regionales, nacionales o globales, en sus dinámicas de cambio.

Disponerse organizacional y administrativamente para responder a esos nuevos retos en términos de una mayor flexibilidad, creatividad y ejercicio de autonomía, en el marco de un diálogo y una comprensión más profunda de cada una de sus realidades.

La participación de todos los actores y especialmente de sus estudiantes, en todos los procesos de construcción institucional.
Frente a la dinámica de cambio de escenarios y expectativas de mejoramiento de calidad del servicio educativo, la escuela que no se piensa como organización, que no se proyecta en el tiempo, que no se contextualiza operativamente deja de ser sostenible. La Institución Educativa moderna está en la obligación de revisar permanentemente su horizonte y, en la misma medida, su discurso pedagógico, su currículo y su sistema organizacional; igualmente, de estar evaluando si sus propuestas y acciones son consecuentes con las nuevas demandas de formación en el marco de la evolución del conocimiento en general y la ciencia y la tecnología en particular, para estar realizando permanentemente los ajustes del caso.

En este ámbito, la institución educativa, entre otras cuestiones, debe responderse claramente, preguntas como: ¿Qué discurso pedagógico y qué currículo respondería proactivamente a los desafíos que se vienen planteando? ¿Qué condiciones de posibilidad son las apropiadas para configurar los escenarios más significativos de aprendizaje ante estas demandas? ¿Qué sistema organizacional y direccional sería consecuente con estas nuevas exigencias? ¿Cómo podría la escuela situar estratégicamente el pensamiento de los niños, niñas y jóvenes consecuentemente con esas expectativas que generan las nuevas condiciones de vida proyectadas en escenarios futuros, generalmente, indeterminados? Ante estos interrogantes, todos los aspectos que orientan la actuación de la escuela, tales como el enfoque, la calidad, la pertinencia, la vigencia, la eficiencia, la autonomía, entre otros, deben ser sometidos a revisión ya que cada día van tomando mas sentido e importancia en la renovación y cumplimiento de la misión institucional.

Una organización institucional educativa se sentirá verdaderamente importante cuando brinde un servicio capaz de promover el mejoramiento real de una comunidad, de la sociedad y de país, y cuando esté pensada y programada en función de las expectativas de desarrollo o mejoramiento de las condiciones de vida de los pueblos y las personas, en consonancia con las dinámicas de desarrollo universal, nacional, regional y local. Es decir, cuando estén formando en sus estudiantes mentalidades creadoras, emprendedoras, comprometidas; mentalidades; mentalidades que exploran, que buscan sentido, que proponen, que construyen problemas de conocimiento, que interrogan, que se interesan en la aplicación del conocimiento en el mundo de la vida, entre otros asuntos, tanto en los escenarios escolares como fuera de ellos, reales o simulados.

La institución que oriente sus discursos y prácticas pedagógicas desde esta perspectiva puede caracterizarse como una Escuela de Aprendizajes Productivos y al fruto de su trabajo, unos niños, niñas y jóvenes formados con mentalidad creativa, organizativa y productiva. Esta institución para garantizar el cumplimiento de esta misión, centra su atención planificadora en la generación de las mejores condiciones pedagógicas, organizacionales y estratégicas, para que los y las estudiantes tengan la oportunidad de formarse con dicha mentalidad.

¿QUÉ PROPUESTA PEDAGÓGICA DESEAMOS?

Como el dispositivo pedagógico y organizacional que ha mantenido la escuela hasta hoy, en los albores del sigo XXI, no ha logrado crear condiciones más favorables para atender los nuevos desafíos, se hace necesario replantear buena parte de los elementos y dinámicas constitutivas del quehacer escolar para que, en la contrastación con las demandas de los futuros escenarios, determine las estrategias más pertinentes para el cumplimiento cabal de sus propósitos productivos. Es evidente que no se trata ya de seguir buscando solo nuevas formas de práctica pedagógica o más actividades educativas; el reto va más allá, se trata también, y en principio, de replantear o enriquecer la concepción de a escuela, su discurso pedagógico, su sistema organizacional, de tal forma que brinde horizontes de razón y herramientas organizacionales y pedagógicas capaces de generar procesos educacionales que alimenten la formación de la mentalidad creativa y productiva en sus estudiantes.

La escuela deberá superar la “pedagogía de la información”, el desarrollo lineal de programas disciplinares, el aula como único espacio de aprendizaje, el taylorismo organizacional, la inercia administrativa, el perfil del docente como funcionario, el trabajo pedagógico referenciado solo en el cumplimiento de lo normatizado, la exclusividad del aprendizaje en la relación docente-estudiante, entre otros asuntos. Deberá disponer de una forma organizacional, un discurso y unas prácticas pedagógicas, consignadas en el Proyecto Educativo Institucional, que hagan posible la formación de la persona con la referida mentalidad, configurando escenarios educativos en donde interactúen eficientemente todos los factores que se involucran o deban involucrarse en el proceso aprendizaje. La construcción de estos nuevos escenarios escolares asume un sentido claro: brindarle a los niños, niñas y jóvenes las mejores condiciones para que formen el mayor número de competencias a nivel de interpretación, argumentación y proposición, tanto en el escenario de la escuela como en el escenario del mundo de la vida; en escenarios reales o en escenarios simulados.
El punto de partida del proceso cognitivo en este ambiente institucional se funda en la construcción por parte de los y las escolares de necesidades de aprendizaje, de intereses, de motivaciones y de problemas de conocimiento, en donde la pregunta es convertida en la herramienta procedimental por excelencia. La formación de la mentalidad creativa-productiva solo es viable si a los y las escolares se les brinda como estrategia pedagógica, la posibilidad de explorar, inventar, preguntar, descubrir, redescubrir y de construir respuestas, sin que sean éstas el punto final, sin que se agote ahí la reflexión. Las respuestas deberán relanzar al estudiante hacia nuevas preguntas que revienten la presencia de certezas definitivas.
Una práctica pedagógica orientada desde la construcción de la pregunta evitará formar en las y los estudiantes una razón instrumentalizada o dogmática y, más bien, orientará el pensamiento hacia lo dialéctico, lo complejo, lo indeterminado. Refiriéndose al problema de la forma como debe organizarse la razón Hugo Zemelman (1989) señala “si la realidad es movimiento que puede articularse en una vastedad de formas posibles, entonces determinar sus posibilidades equivale a concretar su indeterminación, la cual, en tanto devenir, no tiene contenido para el razonamiento, pero si plantea para este la necesidad de su inclusión...() el razonamiento, al desplegarse con base en este movimiento interno se desplaza del contenido hacia al contorno, y de éste nuevamente al contenido, pero ahora redescubierto a partir de entenderlo configurado por un límite abierto”

La pregunta construida frente a la necesidad y como productora de nuevas necesidades de conocimiento, puede permitir el encuentro del estudiante con su propia racionalidad, el reconocimiento de su subjetividad y por ende de sus posibilidades en la creación de conocimientos.

El ejercicio de prácticas pedagógicas fundadas en la lógica del conocimiento sobre la indeterminación, haciendo posible el reconocimiento del devenir como “escenario” de construcción, le brinda al estudiante la posibilidad de construirle sentido a la acción, de encontrarse buscando y en esa medida disponerse para convertirse en transformador “estar en formación es haber comenzado ya a participar en la crítica desde una experiencia de vida y con la intención de transformarla”

Una pedagogía asumida desde este horizonte, permitiría el desarrollo de un pensamiento complejo; es decir un pensamiento auto-eco-organizador, un pensamiento que conecta, que teje, “la complejidad coincide con un aspecto de incertidumbre, ya sea en los límites de nuestro entendimiento, ya sea inscrita en los fenómenos. Pero la complejidad no se reduce a la incertidumbre, es la incertidumbre en el seno de los sistemas ricamente organizados”. El estudiante tendría la oportunidad de construir su propio tejido cognitivo, circulando, tal como lo expresa Morín, de lo empírico a lo teórico, de lo antropológico a lo contemporáneo y de la cultura de las humanidades a la cultura científica.
[1] “Pedagogía para aprendizajes productivos” p. 13 – 46, Ángel I. Ramírez C.

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